Para la humanidad, el siglo 18 fue el inicio de la modernidad. El siglos de la luces, como ha sido llamado, fue el propulsor para todas las ideas modernas y escuelas de pensamiento. Fue en siglo 18 que se vivieron las grandes revoluciones francesa y estado-unidense.
El lema de la revolución francesa fue libertad, igualdad y fraternidad; y las sociedades modernas se han construido bajo ese lema idealista. Los países latino-americanos fueron influenciados igualmente por esa filosofía y en los años 1800, nuestros pueblos accedieron a la independencia.
Ahora bien, nuestros pueblos accedieron a la intendencia, pero ¿será que accedieron a la libertad? Siendo sinceros, viendo la evolución de nuestras sociedades, tal no ha sido el caso. Tanto las opciones de la oligarquía y de los terratenientes tradicional, tanto las opciones comunistas y socialistas, no han dado el resultado esperado. En ambos casos, los ricos son mas ricos y los pobres mas pobres. Cada quien velando por sus intereses y nadie velando por el bien común.
Lastimosamente, esa idiosincrasia se ha transferido al pueblo de Dios. ¿No nos dice la Biblia que al que al hijo libertaré seria realmente libre? ¿El evangelio no es un llamado a vivir una vida de comunión, como lo fue en el tiempo de la iglesia primitiva? ¿Jesús no nos ha enseñado que el que quiere ser el mayor en el reino debe aprender a ser el menor? Aprender a servir y no ha ser servidos.
Sin embargo, vemos “ministros” que se comportan tal un Franco, un Hugo Chavez o un Fidel Castro, viendo en los feligreses súbditos incondicionales y las finanzas de las iglesias como sus propios bienes. Por otra parte, vemos miembros de iglesia que viven en constante guerrilla y con el síndrome de persecución. La desunión, la desigualdad y el libertinaje han tomado el control de la Iglesia moderna.
¿Hasta donde llega nuestra libertad? ¿No será que todo derecho conlleva una obligación?
Es tiempo que reflexionemos y tomemos acción. El pueblo de Dios necesita siervos que vean por el bien colectivo y no por sus propios intereses. Que seamos a la imagen de Cristo que no escatimó ser igual a Dios como cosa a que aferrase, sino que se despojó de su gloria, tomando forma de siervo, y se humilló hasta la muerte, una muerte de cruz.
El lema de la revolución francesa fue libertad, igualdad y fraternidad; y las sociedades modernas se han construido bajo ese lema idealista. Los países latino-americanos fueron influenciados igualmente por esa filosofía y en los años 1800, nuestros pueblos accedieron a la independencia.
Ahora bien, nuestros pueblos accedieron a la intendencia, pero ¿será que accedieron a la libertad? Siendo sinceros, viendo la evolución de nuestras sociedades, tal no ha sido el caso. Tanto las opciones de la oligarquía y de los terratenientes tradicional, tanto las opciones comunistas y socialistas, no han dado el resultado esperado. En ambos casos, los ricos son mas ricos y los pobres mas pobres. Cada quien velando por sus intereses y nadie velando por el bien común.
Lastimosamente, esa idiosincrasia se ha transferido al pueblo de Dios. ¿No nos dice la Biblia que al que al hijo libertaré seria realmente libre? ¿El evangelio no es un llamado a vivir una vida de comunión, como lo fue en el tiempo de la iglesia primitiva? ¿Jesús no nos ha enseñado que el que quiere ser el mayor en el reino debe aprender a ser el menor? Aprender a servir y no ha ser servidos.
Sin embargo, vemos “ministros” que se comportan tal un Franco, un Hugo Chavez o un Fidel Castro, viendo en los feligreses súbditos incondicionales y las finanzas de las iglesias como sus propios bienes. Por otra parte, vemos miembros de iglesia que viven en constante guerrilla y con el síndrome de persecución. La desunión, la desigualdad y el libertinaje han tomado el control de la Iglesia moderna.
¿Hasta donde llega nuestra libertad? ¿No será que todo derecho conlleva una obligación?
Es tiempo que reflexionemos y tomemos acción. El pueblo de Dios necesita siervos que vean por el bien colectivo y no por sus propios intereses. Que seamos a la imagen de Cristo que no escatimó ser igual a Dios como cosa a que aferrase, sino que se despojó de su gloria, tomando forma de siervo, y se humilló hasta la muerte, una muerte de cruz.
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